Uno más dentro de unas semanas. Primero el gran Pepe Mujica y ahora una de mis mayores inspiraciones: ¡Sébastião Salgado!
Sí, queridos lectores, de vez en cuando fallece alguien que parece llevarse consigo un pedazo del mundo. Tião, como le llamaba su gran amigo Cristiano Mascaro, era una de esas personas. Cuando me enteré de la noticia, me di cuenta de que una parte de mí -la que creía en la capacidad de la fotografía para influir en el mundo- apagaba las máquinas, recogía y tiraba los productos químicos, apagaba la luz roja y cerraba el laboratorio de revelado.
Cuando empecé mi andadura en la fotografía en el año 2000, creía que el equipo era lo más importante. Me compré una cámara que pertenecía a mi padre y luego mi cuñado me regaló una Nikon F4 (y vaya regalo). Con estas dos cámaras me sentía como si fuera el propio fotógrafo de Magnum, ni siquiera asociado a la empresa. Jugaba a ser Sebastião Salgado o Josef Koudelka.
Sin embargo, pronto me di cuenta, al ver una imagen de Salgado, de que el verdadero valor reside en la mirada del fotógrafo. Salgado, con su aspecto modesto y su semblante profesoral, era capaz de ver la esencia de las cosas. "Lo que estropea sus libros es el diseño gráfico. Está muy mal hecho... ¡mira esta foto aquí en medio del libro!", comentaba un colega mío, abriendo el libro por una imagen en la que la escena principal estaba entre las dos páginas.
No veía realmente la esencia de la obra. Un manifiesto denunciando el maltrato a los trabajadores en todo el mundo. Si fue deliberado y Tião consiguió llamar la atención con un error, que así sea.
La primera imagen que realmente me cautivó fue una del movimiento de los Sin Tierra. La compró mi jefe, Luigi Bongiovanni, y la colgó en el laboratorio fotográfico donde trabajaba. Un campesino saliendo de un portal con una hoz en la mano y la cabeza gacha. Me pasaba horas mirando esa imagen e imaginando cómo sonaría.
Luego vinieron las imágenes del barro de Serra Pelada, el polvo de los campos africanos, los cuerpos inclinados como árboles a punto de extinguirse. Salgado concedía un carácter sagrado a todo, incluso al sufrimiento.
Se dice que tuvo la suerte de estar en el lugar adecuado para captar el atentado contra Ronald Reagan, siendo el único fotógrafo que registró el incidente. Sin embargo, Salgado no tenía mucha fe en la suerte. Para él, la suerte era completar un reportaje en Sudán sin incidentes. Era retratar un rostro sin despojarlo de su dignidad. Significaba plantar un árbol en medio de la desolación.
Y lo hizo, literalmente. El Instituto Terra, fundado por él y Lélia -su compañera y fiel editora de su mirada- ha conseguido reforestar zonas que parecían irrecuperables. Una acción casi sagrada, como si intentara salvar el mundo con una azada y una creencia profundamente arraigada.
Hoy, al reflexionar, me doy cuenta de que Salgado no sólo captó el dolor, sino la resistencia. Sus libros, ordenados en la estantería como reliquias, son narraciones épicas y silenciosas sobre la humanidad: Trabajadores, Otras Américas, Génesis, Amazonia.
Sin embargo, no estoy seguro de que quede tiempo. Y por eso la pérdida de Salgado duele tanto. Cuando perdemos a alguien como él, no sólo perdemos a un artista. Perdemos un testimonio. Uno de esos raros seres que se atrevieron a adentrarse en el sufrimiento ajeno no para explotarlo, sino para transformarlo en memoria, en belleza, en denuncia. En un mundo en el que a menudo se normalizan los absurdos, a Tião se le echará mucho de menos... ¡de verdad!
En una época de autorretratos, apuestas, narcisismo y filtros, Salgado fue el último en captar lo esencial. Hoy, su cámara está en silencio. Espero que su obra siga inspirando a generaciones y generaciones. Larga vida a nuestro gran amigo Tião.
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